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PEKÍN-PARÍS - Definición - Significado

Legendaria competición automovilística celebrada en 1907 por iniciativa del periódico francés Le Matin. Es recordada como una de las mayores aventuras de la historia del automóvil, tanto por su gran recorrido (16.000 km) como por las enormes dificultades que en aquella época caracterizaban la motorización terrestre. La empresa realizada por los 4 equipos que lograron llevar a término la prueba, ha conservado el carácter, con el transcurso de los años, de algo increíble y prodigioso.

El primer coche, de los 5 que tomaron la salida en Pekín, que logró llegar a París fue el ítala del príncipe Borghese, que recorrió la distancia total en 61 días.

«¿Hay alguien que, durante el próximo verano, esté dispuesto a ir de Pekín a París en automóvil?» Tal fue el anuncio (vagamente irónico por la lógica respuesta negativa que cualquier persona sensata habría dado en aquellos tiempos a una pregunta tan disparatada) que apareció en primera página en una edición de marzo de 1907 en el periódico Le Matin. Increíblemente, en el mes de abril ya eran 25 los equipos que habían comunicado su deseo de tomar parte en la carrera. He aquí cómo lo que a todo el mundo le había parecido una maniobra publicitaria de un periódico, ideada sin efectivos propósitos de realización práctica, se estaba transformando en una auténtica competición con muchos inscritos a la espera de que fueran comunicadas las condiciones para participar.

Los organizadores establecieron como fecha de inicio de la prueba el 10 de junio; como punto de partida fue elegido el patio del cuartel francés Voyron, en Pekín.

Como se preveía, el número de equipos que tomaron la salida fue bastante inferior al de los que en principio se habían inscrito: de los 25 vehículos iniciales, sólo 5 se presentaron en Pekín el 10 de junio. Todos se habían trasladado a China por mar. Se trataba del ítala 35/45 HP del príncipe Scipione Borghese, acompañado por el enviado especial del Corriere della Sera, Luigi Barzini, y por el piloto y mecánico Etto-re Guizzardi; del francés De Dion Bouton 10 HP, pilotado por Cormier; del coche idéntico de Collignon (los dos De Dion habían sido inscritos oficialmente por la marca); del holandés Spyker 15 HP, confiado al piloto Godard, y del triciclo francés Contal 6 HP, conducido por Pons.

Los pronósticos eran favorables para los De Dion, ligeros y rápidos, así como también el triciclo Contal, a pesar de su frágil estructura. Efectivamente, se consideraba que para poder superar las dificultades de un trayecto tan largo y peligroso sería necesario un coche lo más ligero y manejable posible. Totalmente contrario se consideraba al gran ítala, que con su maciza estructura estaba destinado, en la opinión de muchos, a quedarse atascado en el fango del primer cenagal o en la primera cuesta.

Sin embargo, todas esas predicciones se revelaron infundadas: el coche italiano se situó en cabeza desde los primeros kilómetros de carrera, aprovechando la potencia de su gran motor de 4 cilindros, de 7.433 ce, y distanciándose progresivamente de los restantes. Entre éstos, se encontró rápidamente en dificultades el pequeño Contal, el más ligero de todos, que avanzaba saltando sobre las pistas chinas, únicamente practicables para carros de tracción animal. Los De Dion y el Spyker seguían sin problemas, pero debido a su potencia, bastante inferior a la del ítala, eran mucho más lentos.

El recorrido de la prueba indicado por los organizadores establecía atravesar el desierto de Gobi, Mongolia, toda Siberia, Rusia, Polonia, Alemania y Francia hasta arribar a París.

Ya en el desierto del Gobi empezaron para los participantes las primeras dificultades, que se fueron intensificando a medida que pasaban los días y los kilómetros bajo las inestables ruedas de los vehículos. El príncipe Borghese, que había programado la empresa hasta en sus más pequeños detalles, había equipado su coche con todos los elementos necesarios para un viaje tan imprevisible. A pesar de que la carrocería fue reducida al mínimo para mejorar la ligereza, el abundante equipaje lastró excesivamente el vehículo y fueron numerosas las ocasiones en que se hubo de recurrir a los indígenas que a fuerza de brazos (y espléndidamente pagados por el príncipe) salvaron de los obstáculos al por otra parte eficiente vehículo.

El problema más grave ocurrido al equipo de Borghese tuvo lugar en plena Siberia, cuando una rueda del coche se perdió irremediablemente en un barranco. La carrera estaba comprometida y parecían existir pocas posibilidades de reemprender la marcha. Afortunadamente, intervino un carpintero del lugar que, a golpes de hacha, fabricó una rueda nueva, completamente de madera, pero suficientemente robusta para permitir al ítala concluir el viaje. La rueda, junto con el coche, se conservan en el Museo del Automóvil de Turín.

El 20 de julio el ítala llegó a la frontera entre Asia y Europa, y 7 días después el equipo fue acogido triunfalmente en Moscú. Los De Dion y el Spyker, a 17 días de distancia, luchaban todavía con el fango de Siberia.

De Moscú a San Petersburgo, Varsovia y Berlín, el viaje del equipo italiano se transformó en un paseo jalonado por las entusiastas manifestaciones del público. Al paso del vehículo, Berlín se engalanó.

A las 10 h del día 10 de agosto de 1907, los tres valerosos italianos hicieron su entrada en París. Ante la sede del periódico organizador, los protagonistas de la increíble aventura, vencidos por la emoción y por la fatiga, fueron arrancados prácticamente de sus asientos y paseados triunfalmente por la muchedumbre. Los otros 3 coches que aún permanecían en carrera (el triciclo Contal había sido eliminado en tierras asiáticas) llegaron a la capital francesa 21 días después.

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